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Azul turquesa

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AZUL TURQUESA
Ojalá hubiera nacido pájaro, se lamenta Miguel, apoyado en la barandilla del barco, mientras observa cómo se deshacen las crestas de espuma encima de un mar grisáceo. Paseando por la cubierta de madera llega hasta la popa, donde el agua, por la fuerza de la hélice, adquiere un tono azul turquesa similar al pañuelo de seda que se ha encontrado atado en el pomo de la cabina. Debería haberlo devuelto al mostrador de recepción, pero no lo ha hecho, lo ha desanudado, ha probado la suavidad de la seda con la yema de sus dedos enlutados y se lo ha acercado a la nariz. Las malditas cenizas han apestado su vida desde que Emma murmuró Miguel, tengo miedo, júrame que jamás me olvidarás. Miguel, que desconfiaba de los absolutos pero aún más le irritaban los juramentos y las promesas, le acarició la calva azulada y besó sus labios secos. Jamás te olvidaré, amor mío. Y ella, con un rictus extraño, cerró los ojos para siempre sin decirle que el juramento ya estaba en la notaría. Jamás significaba jamás.

Ahora el mar se va espesando, el barco de lujo que ha elegido para celebrar el cumpleaños de Emma se mueve con una cadencia pesada y vertiginosa que no le asusta, más bien se siente pequeño. Ojalá hubiera nacido elefante. Cuando el oficial le invita a guarecerse del temporal que han desatado los vientos alisios, él se queda quieto tras los cristales acariciando el pañuelo. La decisión está tomada.

Una vez encerrado en la cabina, Miguel vacía las cenizas de Emma encima del pañuelo turquesa y con los dedos trémulos intenta hacer un hatillo. No puede. Emma se escurre entre la seda fina como si adivinara que es la envoltura previa a la disgregación, al olvido. Emma, ​​por el amor de Dios, que no puedo más, que me tienes amarrado a un juramento, se lamenta. Y al momento gira la cabeza, siente que alguna cosa le agujerea la nuca. La tapa levantada de la urna le acecha.

Durante cinco años había sido él quien observaba la urna, tan discreta que pasaba por un joyero de art decó que él no habría elegido nunca si el testamento se lo hubiera permitido. Pero Emma había querido decorar su vida también desde el más allá ¿verdad reina?

Después de bajar la tapa inquietante de la urna con un ligero golpe, recoge una brizna rebelde de ceniza, la coloca sobre la pila gris y lo enrolla todo con el pañuelo de seda. ¿Lo ves? Te envuelvo con tu color preferido.

Como cada noche desde que navega por el mar, Miguel frota la nariz en el cristal del ojo de buey. Escucha impaciente como se agita la oscuridad. Se gira hacia el hatillo. El envoltorio nuevo, más sinuoso que la rigidez de la urna, le da un aire receptivo: Emma casi sonríe con aprobación cuando Miguel la coge con cuidado y la deposita encima de la almohada. Tengo una idea, le susurra a ras del nudo. Entonces se estira a su lado en la cama y llama al servicio de habitaciones. Dos gin-tonics, por favor.

Por los viejos tiempos, ángel mío, dice Miguel, tintineando la copa redonda que, mira por donde, también esto ha cambiado, ¿sabes? Tú y yo nos tomábamos el gin-tonic en vaso largo cuando firmamos que nada nos separaría salvo la muerte o el aburrimiento. Estábamos en el Café de los Poetas comiendo cacahuetes ¿te acuerdas? Miguel ojeó el pañuelo con una mueca de complicidad. ¿Sabías que hace muchos años que lo cerraron? Quizás antes de que te volvieras ceniza y yo tu esclavo. Una fuerte sacudida del barco desliza el reproche y el gin-tonic de Emma por la mesilla de noche.

Miguel lo pilla al vuelo. Con una copa en cada mano, sorbiendo poco a poco, sus ojos enturbiados vagan por el techo de la cabina. Se lame los labios y apoya la cabeza en el cabezal. El pañuelo que yace a su lado le mira receloso. La memoria sigue trabajando.

De repente, un Miguel medio bebido medio ausente pega un salto sobre la cama. El tintineo de los frascos del baño ha sonado como un estropicio de cristales. Apura los gin-tonics y se pone en pie. Todo se balancea. El nudo del pañuelo turquesa está a punto de deshacerse con el vaivén, pero él, atento, tensa las dos puntas y le da un beso.

Decide subir a la última cubierta del barco por las escaleras enmoquetadas no vaya a suceder que tropiece con un oficial indiscreto en el ascensor. Se tambalea, se agarra al pasamanos reluciente al tiempo que estrecha la urna que lleva escondida bajo el abrigo. Joder con los Alisios, refunfuña. Pero sólo Emma le escucha acurrucada en el bolsillo. El barco parece vacío.

Plantado detrás de la puerta de acceso a la intemperie, Miguel traga saliva. Lluvia y viento confabulados arrastran sillas de lado a lado de la cubierta. Reina, tendré que abreviar, murmura secándose el sudor de la palma de la mano con la envoltura sedosa del bolsillo.

Al día siguiente, el pañuelo turquesa aletea en la última barandilla de babor. Ojalá hubiera nacido delfín.

Autora: Montse Freixas Rovira
Título: Azul turquesa
Artículo: Este relato está relacionado con el artículo “El duelo

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