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Sabotaje

// Grupo Mentoring


Es un martes aburrido. La Caricia, el Abrazo y los Besos se han apoltronado en el sofá porque nadie ha reclamado aun su intervención. Comparten el ático que el Centro de Inteligencia Emocional les ha asignado mientras dure la operación encomendada por el Consistorio. Forman uno de los comandos de Acciones Afectivas repartidos por los distritos de la ciudad. Su misión consiste en convertir los afectos tiernos de los ciudadanos en actos físicos para estimular las relaciones personales y la convivencia.

Todo ha empezado como una apuesta cuando la Caricia, harta de esperar que el radar del detector de emociones se disparara, ha propuesto a sus camaradas “¿quién se atreve a huir el instante antes de ejecutar la acción?”. El Abrazo se ha animado enseguida, es el compañero más tierno del comando y le atraen los retos. En cambio los Besos han protestado porque, una vez iniciado el impulso nervioso, tienen poco margen de tiempo para echarse atrás, son fogosos por naturaleza. “Pues vigilad”, ha replicado la Caricia, “tenéis que estar atentos al cerebro humano y no a la retina; cuando aquel chispee, preparaos”.

Una hora más tarde, Alba y Marcos salen de la academia de inglés que hay en el primer piso de una escalera de la Rambla, y suben corriendo hacia el rellano de la última planta. La Caricia, radar en mano desde el sofá del ático, detecta las emociones adolescentes y pulsa el botón de alarma. El Abrazo y los Besos se ponen en marcha.

Cuando Alba y Marcos estaban a punto de tocarse, cuando el gesto de uno se inclinaba sobre el otro, lento y tierno, el Abrazo ha huido. Alba y Marcos se han mirado atónitos. Ella ha intentado cogerlo, pero el Abrazo ha escapado por las escaleras, se ha colado por la puerta de hierro de la calle y ha salido raudo. Marcos sigue asomado a la escalera, agarrado al pasamanos. Alba, en cambio, suelta una carcajada. Él la mira y sonríe. No sabe qué ha ocurrido, solo sabe que Alba es preciosa y quiere besarla. Ahora. Así que abre los labios, ladea la cabeza y, cuando el olor a chicle de fresa le roza la nariz, el primer Beso, en lugar de aterrizar sobre el labio carnoso que le espera, alza el vuelo y huye por el agujero del ascensor. Pasmados uno frente al otro, los jóvenes no ven que una bandada de Besos también huye por la claraboya siguiendo al primero.

Alba y Marcos bajan deprisa las escaleras. Cuando salen del portal, Marcos gira la cabeza para volver a mirar la puerta de hierro y cristal que se cierra detrás de ellos. Alba se recoge los cabellos alborotados mientras escribe en el móvil “estoy flipando”.

Si los jóvenes caminaran juntos más allá de tres manzanas toparían con el Abrazo, enroscado en el banco de un jardín, bajo las ramas de un viejo cinamomo repletas de Besos. Quizás se sentarían en el banco para hablar sobre lo ocurrido. Entonces, la Caricia, radar en mano desde el sofá del ático, pulsaría de nuevo el botón de alarma.

Pero Marcos se abrocha el casco de la moto, piensa que alguna cosa no funciona en esta relación, igual es mejor dejarlo. Alba, por su parte, levanta la mano para decir adiós y arranca la moto. La irritan los indecisos, nunca sabes si es que sí o si es que no.

Autora: Montse Freixas Rovira
Título: Sabotaje

Artículo: Este relato está relacionado con el artículo “El hilo de las emociones

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