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Sala de espera

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Habitación de hotel

HOPPER, Edward. Habitación de hotel, 1931. © Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Todo empezó en el museo. O no. Llevo una vida normal: trabajo, tengo mi chico, salgo, leo y visito museos. Y ahora estoy aquí siguiendo el consejo de Clara. Clara es mi jefa, una mujer expeditiva que lleva zapatos de tacón y sonrisas elegantes y nítidas.

Ella y yo nos llevamos bien, compartimos café y lecturas negras que compensamos con la serie de un nuevo Sherlock Holmes hiperactivo y guapo.

Hace un mes Clara me sugirió "yo, de ti, iría al psicólogo", así, de repente, mientras preparábamos una reunión. Ella desconoce cosas íntimas mías. La única pista que podía haber seguido estaba en mi cara: las ojeras me delataban. No le pregunté por qué. Cuando no sé qué decir me callo, y no lo hago para adoptar una postura de sabios sino que callo porque dudo. Continuamente. Pues bien, la sugerencia quedó revoloteando entre su mesa y la mía durante varios días.

Hasta que la pillé. Es cierto que duermo poco, hay noches que tengo miedo de cerrar los ojos. Qué tontería. Me trago capítulos de la serie del guapo porque la lectura me desvela aun más. Una noche vi una temporada entera y al día siguiente Clara me miró de reojo y me dijo “¿… toda la noche? Alex se pondrá celoso”. Álex es mi novio. Y Clara es un tipo de mujer con una idea bucólica de la pareja.

Yo también creía en compartir locuras, ilusiones, inquietudes. Y ha resultado que con Alex no compartimos la idea de compartir. Se parece a papá. Y si sigo igual me pareceré a mamá: muda con tal de no discutir. Todo va por dentro. Con el cáncer ocurre lo mismo, mamá no se queja ni habla de ello, si no fuera porque soy yo quien la acompaña al médico, no sabría nada. Cada vez que salimos de la consulta me dice que la chica del tiempo ya había avisado que iba a llover.

Pues eso, el museo. Uno de los domingos que Alex estaba esquiando, fui a visitar una exposición temporal del Thyssen. Normalmente, ante los cuadros leo la ficha, escucho la audio-guía, me invento historias con los personajes, pero ese día no fue así. No me concentraba, había demasiada gente. Me empujaban, se amontonaban y, para esquivarlos, iba saltando de una obra a otra sin ningún tipo de orden. De repente, noté que perdía el equilibrio y me senté al borde de uno de los bancos. Sentía como si el cerebro estuviera a punto de bajar la persiana.

Entonces vi el cuadro. En la pared del fondo. Por una rendija que se abría entre la multitud de cabezas. Era grande. Había una joven sentada en la misma postura que yo, al borde de una cama, desvestida. Miraba un papel que aguantaba sobre las rodillas desnudas. Me acerqué. La chica no leía, me pregunté si estaba triste o ensimismada. Con la cabeza baja, la sombra le oscurecía la cara. Una luz cenital iluminaba las sábanas blanquísimas y sus muslos. La figura, desproporcionada, se recortaba sobre las paredes desnudas, inmensas, blancas. La diagonal de la cama me guió hacia el punto de fuga: la negrura de la noche.

Imaginé a la joven de pie contemplando la habitación minúscula del hotel. Cómo se quitaba el sombrero. Con una mano se asía a la cómoda mientras con la otra se desabrochaba los zapatos de tacón. Después se quitaba el vestido de flores que ahora yacía sobre la butaca. El corpiño no le molestaba, quizás sentía que la protegía. No había deshecho las maletas ni la cama, sólo había arrimado la colcha. Acababa de llegar a la ciudad para iniciar una nueva vida.

Fue en ese momento cuando noté una lágrima, otra. Un puñado. Fluían discretas, como si supieran que no era el lugar adecuado para soltarse. Una niña abrazada al cuello de su madre me tendió la mano y le toqué la punta de los dedos antes de deslizarme escaleras abajo. Cuando salí a la calle llovía. Me encaré a la lluvia para enjuagar las lágrimas.

Desde aquel día lloro por cualquier tontería. Lloro de repente y en cualquier lugar. Ayer tuve que esconderme en los lavabos del despacho. Y cuando trato de averiguar el motivo no lo consigo. Creo que alguna cosa se me está escapando.

No se lo he contado a nadie, claro. A la psicóloga sí, y se lo explicaré en este orden, prefiero no quedarme en blanco como me ocurre con el médico, que parezco idiota porque no soy capaz de responder “¿puedes describir el tipo de dolor?” No. Dolor de estómago.

Ahora caigo, si Clara tiene el teléfono de la psicóloga es porque ella también ha venido, “te paso el contacto. Buena decisión, Núria”.

Título: Sala de espera
Autora: Montse Freixas Rovira

Artículo: Este relato está relacionado con el artículo “Los síntomas, los malestares y los psicólogos

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